Qué dice Dios de mí?
Antes de considerar lo que Dios dice sobre cada uno de nosotros, es necesario rechazar una idea errónea que ha ganado popularidad en algunos sectores del cristianismo contemporáneo: la idea de que todo gira en torno a mí. Este pensamiento individualista, a menudo promovido por ciertas corrientes como el evangelio de la prosperidad o el psicologismo espiritual, distorsiona la verdad revelada al presentar a Dios como un medio para alcanzar bienestar, éxito o realización personal. En lugar de reconocer que fuimos creados a imagen de Dios (cf. Gn 1,27), caemos en la tentación de crear a Dios a nuestra imagen.
Sin embargo, la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia nos enseñan que Dios ha dicho mucho sobre nosotros, no porque el hombre sea el centro, sino porque el amor de Dios ha puesto Su mirada en nosotros gratuitamente (cf. 1 Jn 4,10). Para comprender qué dice Dios sobre mí, primero debo comprender quién es Dios. Solo a la luz de su verdad, revelada en Jesucristo y custodiada por la Iglesia, puedo entender mi propia identidad.
1. He sido creado a imagen y semejanza de Dios
En el relato de la creación, vemos que el ser humano ocupa un lugar singular: fue creado "a imagen de Dios" (Gn 1,27), con alma espiritual, razón, libertad y capacidad de amar. El hombre y la mujer son expresión del querer amoroso de Dios, llamados a vivir en comunión con Él. Como enseña el Catecismo:
“El hombre es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (CIC 356). Somos creados para conocer, amar y servir a Dios, y así participar eternamente de su gloria.
2. Soy pecador y necesito salvación
La Iglesia enseña que el pecado original, cometido por nuestros primeros padres (cf. Gn 3), introdujo una herida profunda en nuestra naturaleza. Todos nacemos con una inclinación al mal (concupiscencia) y somos incapaces de salvarnos por nuestras propias fuerzas (cf. Rm 3,23; CIC 402-405). Esta es una verdad fundamental de la fe: hemos sido separados de Dios por el pecado, pero no abandonados.
“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).
3. Dios me ama y ha enviado a su Hijo para salvarme
La prueba más grande del amor de Dios es la entrega de su Hijo Jesucristo, que asumió nuestra humanidad, murió en la cruz por nuestros pecados y resucitó para darnos vida nueva (cf. Jn 3,16; Rm 5,8; CIC 604). Esta redención no se aplica automáticamente a todos sin más: es necesario acogerla libremente, con fe, esperanza y caridad, a través de la conversión del corazón y la participación en los sacramentos, particularmente el Bautismo, la Eucaristía y la Reconciliación.
4. Dios me ha creado con un propósito
Dios no nos creó por azar, sino con un designio de amor. Como dice el Salmo:
“Tú creaste mis entrañas, me tejiste en el seno de mi madre” (Sal 139,13). Cada uno de nosotros tiene una vocación particular —a la vida matrimonial, al sacerdocio, a la vida consagrada o al apostolado laical— y dentro de esa vocación, Dios nos llama a la santidad (cf. Lumen Gentium 5). Incluso nuestras fragilidades y cruces pueden volverse medios de gracia, cuando las unimos a Cristo (cf. 2 Co 12,9-10).
5. Estoy llamado a ser hijo de Dios por adopción
Por el Bautismo, somos incorporados a Cristo, hechos miembros de su Cuerpo que es la Iglesia, y adoptados como hijos de Dios (cf. Ga 3,26-27; CIC 1265). Esta filiación divina no es simplemente un título simbólico, sino una realidad espiritual y transformadora, que nos hace templos del Espíritu Santo.
“A todos los que lo recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1,12).
La vida cristiana implica cooperar con la gracia, vivir según el Espíritu y perseverar en la fe y las buenas obras (cf. St 2,24; Mt 25,31-46). No basta una fe teórica o una simple aceptación mental: se requiere un seguimiento concreto de Cristo, manifestado en la caridad y la obediencia al Evangelio (cf. CIC 1814-1816).
6. Soy llamado a la santidad y a la transformación en Cristo
La meta de nuestra vida es ser transformados a imagen del Hijo, participando de su santidad (cf. Rm 8,29). Como enseña el Catecismo:
“El fin último del hombre es la bienaventuranza, que consiste en la visión y el gozo de Dios” (CIC 1024). Por eso el Señor nos dice: “Sed santos, porque Yo soy santo” (1 Pe 1,16).
Este proceso de santificación es continuo y requiere fidelidad diaria, oración, sacramentos, lucha contra el pecado y apertura al Espíritu Santo.
7. Lo que Dios diga de mí en el juicio será definitivo
El juicio de Dios será justo y misericordioso, pero también verdadero. Jesús nos enseña que, en el último día, todos compareceremos ante Él, y seremos juzgados por nuestra fe y nuestras obras (cf. Mt 25,31-46; Rm 2,6-8).
“Bien, siervo bueno y fiel... entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25,23), o, por el contrario: “Apartaos de mí, malditos...” (Mt 25,41).
Lo que Dios diga de nosotros ese día dependerá de cómo hayamos respondido a su gracia y amor durante esta vida. Por eso, es urgente la conversión:
“Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15).
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