Cuando el Espíritu toca
Vivimos muchas veces como ciegos. Incluso con un cierto conocimiento teológico, seguimos tropezando, y en nuestra ceguera, a veces arrastramos también a otros por el mismo camino sin salida.
Nos domina una especie de gula espiritual, donde buscamos llenar el alma de ideas, palabras, conceptos… pero sin digerirlos, sin convertirlos en vida. Y eso nos conduce a una pereza interior, una apatía del alma que nos hace perder el norte, aunque estemos rodeados de cosas “religiosas”.
Es ahí, justo ahí, donde necesitamos al Espíritu Santo. O mejor dicho, necesitamos dejarnos guiar por Él, permitirle que nos alcance, que nos despierte, que nos devuelva lo que hemos perdido a causa de nuestra soberbia y autosuficiencia.
Un encuentro con Él no se reduce a oraciones repetidas sin alma, ni a fórmulas aprendidas. Es algo más radical y más íntimo. Es abrirle la puerta del corazón para que entre hasta el fondo, y entonces Él empieza a mover, limpiar, sacudir, romper cadenas, sanar heridas, abrir ventanas selladas hace años...perdonar…y sentir perdón.
Y cuando eso ocurre, lo sabemos: hay un antes y un después.
Ahí, y solo ahí, podemos decir con verdad:
“Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí.” (Gálatas 2,20)
Es una rendición sin reservas. Una apertura sincera donde dejamos que el Espíritu cumpla su función vital: devolvernos la vida espiritual que estaba dormida en lo profundo del alma.
Él quita el velo, nos abre los ojos de la fe, y comenzamos a ver… como si fuera la primera vez.
Y sí, muchos nos mirarán como si estuviéramos locos. Porque ya no seremos los mismos.
Pero no importa. Lo verdaderamente importante es que esa autenticidad transformadora irá templando poco a poco nuestra personalidad. El Espíritu Santo no anula lo que somos, sino que lo purifica, lo fortalece y lo eleva.
Eso sí: Él no fuerza nada. Necesita nuestra disposición total. No a medias, no por momentos, no solo cuando nos conviene. Sino con todo el ser, sin reservas, como quien se rinde ante un Amor que lo supera todo.
Por eso, si hoy sentís que algo en tu interior clama por más, no lo silencies. Ese susurro que arde sin quemar es el Espíritu llamando a tu puerta. No para condenarte ni señalarte, sino para renovarte, consolarte y transformarte desde dentro.
Él no viene a darte una religión más rígida, sino una vida en plenitud, una fe viva, una libertad verdadera.
Y cuando lo dejás entrar de verdad, no solo cambia tu manera de ver las cosas: cambia tu manera de vivir, de amar, de caminar, de levantarte cada mañana.
Entonces entendés que Dios no está lejos. Que el Espíritu Santo no es una teoría, sino una Persona que te habita. Y que tu vida, por simple o herida que parezca, tiene un propósito eterno.
Porque una vez que el Espíritu te toca…
ya no volvés atrás.
Y aunque el mundo no lo entienda, vos sabrás —con una certeza que no se puede explicar que fuiste alcanzado por la Vida misma.
Y que, pase lo que pase, ya no estás solo.
Comentarios
Publicar un comentario