Cuál es la definición de maldad?

 Desde una perspectiva cristiana, el mal puede entenderse en un doble sentido: mal moral y mal físico o natural. En términos generales, se asocia al pecado, al daño, al sufrimiento y a todo aquello que contradice la bondad y santidad de Dios. La Sagrada Escritura usa ambos sentidos: por un lado, presenta el mal como oposición a Dios (cf. Sal 51,6), y por otro, como calamidad o desastre (cf. 1 Re 17,20), aunque ambos tienen en común la ruptura del orden querido por Dios.

El mal moral es el que procede de la libertad mal empleada. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el mal moral se da cuando el ser humano, dotado de razón y voluntad libre, elige deliberadamente el pecado, apartándose del bien (cf. CIC 1849–1850). Esta maldad incluye los pecados contra el prójimo —como el homicidio, el robo, el adulterio—, y también los pecados directamente contra Dios —como la incredulidad, la idolatría o la blasfemia.

Desde el pecado original (cf. Gén 3), el hombre está herido en su naturaleza. El mal moral nace de esta inclinación al pecado, llamada concupiscencia (cf. CIC 405), y se manifiesta tanto en acciones externas como en disposiciones internas del corazón. Jesús mismo señala que lo que contamina al hombre viene de su interior: “De dentro del corazón salen los malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos…” (cf. Mc 7,21–23).

San Agustín y Santo Tomás de Aquino enseñaron que el mal no es una sustancia positiva, sino una privación del bien que debería estar presente. Así, el mal es la corrupción o ausencia del bien en una criatura que fue creada buena. Esta comprensión, adoptada por la Iglesia, implica que Dios no es el autor del mal moral, ya que Él es sumamente bueno y no puede hacer el mal (cf. CIC 311).

El ser humano, creado a imagen de Dios (cf. Gn 1,27), ha sido llamado a obrar el bien en libertad. Pero el uso indebido de esa libertad puede disminuir la presencia del bien en el mundo, lo que llamamos maldad. El apóstol Pablo describe este deterioro moral en Romanos 1, donde muestra cómo el rechazo de Dios conduce a una progresiva corrupción del alma y de la sociedad (cf. Rom 1,21–32).

El mal físico, por su parte, se refiere al sufrimiento, enfermedades, catástrofes y otras adversidades de la vida. No siempre es consecuencia directa del pecado, aunque puede estar ligado a él (cf. Jn 9,1–3; Lc 13,1–5). La Iglesia enseña que el mal físico fue introducido en el mundo como consecuencia del pecado original, pero Dios lo permite para sacar de él un bien mayor, especialmente cuando ese sufrimiento se une al sacrificio redentor de Cristo (cf. CIC 412; Rom 8,28).

La destrucción de Sodoma, por ejemplo (cf. Gn 19), es presentada en la Escritura como una expresión del justo juicio de Dios ante el pecado social. Así también, el sufrimiento del pueblo de Israel se muestra muchas veces como consecuencia de su infidelidad al Señor (cf. Is 31,2). Pero incluso en medio del castigo o de la prueba, Dios nunca abandona a su pueblo, sino que busca su conversión y salvación (cf. 2 Pe 3,9).

La verdadera solución al mal moral es la redención en Cristo. En Él, Dios ha vencido al pecado y a la muerte. Por la gracia del Espíritu Santo, recibida en los sacramentos —especialmente en la Eucaristía y la Reconciliación—, el cristiano puede vencer el mal con el bien (cf. Rom 12,21) y caminar hacia la santidad (cf. 1 Tes 4,3). El arrepentimiento sincero y la fe en Jesucristo permiten el perdón de los pecados y una transformación interior (cf. Hch 3,19).

Como enseña el Catecismo: “Nada se opone más a la santidad de Dios que el pecado, y nada nos separa más de Él que el mal moral” (cf. CIC 1851). Por eso, el cristiano debe buscar siempre la gracia, vivir en comunión con Dios y elegir libremente el bien, con la ayuda de la Iglesia, la oración y los sacramentos.



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