Cómo puedo aprender a distinguir lo bueno de lo malo?

 Cada ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Génesis 1,27; Santiago 3,9). Esta dignidad implica que el ser humano posee razón y libertad, así como una conciencia moral que le permite, en principio, distinguir el bien del mal (cf. CIC 1706). La conciencia es una voz interior que Dios ha inscrito en el corazón de cada persona y que lo llama a amar el bien y evitar el mal (cf. CIC 1776-1778).


Esta ley natural, escrita por el Creador, es reconocida en todas las culturas, aunque no siempre de manera perfecta ni sin error. Por eso, aun cuando hay consenso moral en condenar el asesinato, el robo o el engaño, el pecado y la oscuridad del corazón humano pueden oscurecer la conciencia (cf. CIC 1865; 1960). La historia de Israel nos muestra cómo los pueblos paganos, al alejarse de Dios, incluso llegaron a practicar el infanticidio y otros actos contrarios a la ley divina (cf. Levítico 18,21; 2 Reyes 23,10).


A causa del pecado original, heredamos una inclinación al mal —la concupiscencia— que nos lleva a justificar nuestras propias faltas y debilita nuestra conciencia (cf. Romanos 5,12; CIC 405, 1866). Cuando se ignora o desprecia repetidamente la voz de la conciencia, esta puede deformarse o endurecerse. Como enseña San Pablo, “Dios los entregó a su mente reprobada, para que hicieran lo que no conviene” (Romanos 1,28), lo que implica que el pecado puede llevar a la ceguera espiritual si no se acoge la gracia del arrepentimiento.


El pecado, como la oscuridad, es la ausencia del bien. Y dado que Dios es sumamente bueno (Salmo 119,68) y el único Santo, todo lo que se opone a su voluntad es malo. La Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia enseñan que el verdadero conocimiento del bien y del mal no se alcanza plenamente sin conocer a Dios, fuente de toda verdad y bondad (cf. Juan 17,17; CIC 1705, 2032).


A medida que nos acercamos a Dios por medio de la oración, los sacramentos y la vida en gracia, nuestra conciencia se purifica y se hace más sensible. Como enseña el profeta Isaías, cuanto más contemplamos la santidad divina, más nos reconocemos pecadores (cf. Isaías 6,1-5). Esta experiencia de humildad es parte del camino de la conversión continua.


Para formar una conciencia recta, es esencial conocer la Palabra de Dios, interpretada fielmente por el Magisterio de la Iglesia (cf. CIC 1785). La Sagrada Escritura, en especial el Evangelio, nos muestra no solo mandamientos, sino ejemplos concretos de santidad y pecado. Como dice la carta a los Hebreos, el crecimiento espiritual exige pasar de la “leche” espiritual a un alimento más sólido, a través del uso y la práctica de la fe: “... los que por la práctica tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Hebreos 5,14).


Los ejemplos de los santos, el testimonio de la comunidad cristiana, y la dirección espiritual también son medios por los cuales Dios forma nuestra conciencia. La vida moral del cristiano no consiste sólo en evitar el pecado, sino en amar y servir a Dios en todo, con un corazón puro (cf. 1 Corintios 10,31; Salmo 106,3).


El profeta Miqueas resume lo que Dios espera de nosotros: “Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios” (Miqueas 6,8). Servir a Dios, según enseña la Iglesia, es el camino hacia la verdadera justicia. Por ello, quien vive de espaldas a Dios, aunque haga obras externas buenas, no alcanza la plenitud del bien si no está unido a Él (cf. CIC 2001, 2008).


Finalmente, conocer y vivir la verdad revelada por Dios, con la ayuda de la gracia, nos permite ver con claridad. Como dice el Señor: “El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8,12).





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