COEHMS – La gula espiritual
Buenas noches a todos los que ya están presentes desde el inicio de la oración, y también a quienes se han ido sumando luego. Como el Señor lo ha permitido durante ya varios años, para su gloria. Damos gracias a Dios por esta noche y por todo lo que Él nos concede en su infinita misericordia.
Últimamente hemos sentido la necesidad de dedicar más tiempo a la oración. Creemos que así la asamblea se vuelve más fecunda espiritualmente. No obstante, siempre es importante también detenernos en algún momento para reflexionar y profundizar en nuestra formación cristiana. Esta catequesis nos ayuda a crecer en la fe, a comprender mejor las verdades que profesamos, y a entrar con humildad en el misterio de Dios, de su Palabra, y de la doctrina que nos transmite la Iglesia a través de las Sagradas Escrituras y el Magisterio.
Cada tema que abordamos, tanto nosotros como los predicadores invitados, incluido nuestro querido padre Darío, lo hacemos sin un texto totalmente escrito de antemano. Nos apoyamos en un pasaje bíblico y algunos puntos claves, procurando ser guiados por el Espíritu Santo y permanecer fieles a Él.
Hoy deseo compartir una reflexión que el Señor ha puesto con insistencia en mi corazón desde ayer: una enfermedad del alma poco conocida pero real, llamada gula espiritual. No me refiero solamente a la gula como pecado capital —ese desorden del apetito que nos lleva a comer sin medida— sino a algo más sutil y profundo: una deformación espiritual que puede afectar gravemente nuestra vida interior.
Hablamos mucho de las enfermedades del cuerpo, y nos preocupamos por ellas, como es natural. Pero, ¿cuánto hablamos de las enfermedades del alma? ¿Qué hay de aquellos males que, si no se curan, pueden incluso conducirnos a la perdición eterna? Mientras una enfermedad corporal puede llevarnos a la muerte física, una enfermedad del alma puede alejarnos de Dios y afectar nuestra salvación, si no es enfrentada con la gracia divina y el auxilio de los sacramentos.
La gula espiritual, como la han llamado algunos autores espirituales y santos, consiste en buscar las cosas de Dios, no por amor a Él, sino por interés propio, por una búsqueda desordenada de consuelos, de saber, de experiencias, sin verdadera docilidad a la voluntad divina. Es, en palabras claras, querer “servirse de Dios” en lugar de “servir a Dios”.
Esto se puede ver, por ejemplo, en quienes buscan acumular conocimientos religiosos —leer muchos libros, asistir a charlas, consumir predicaciones— pero no con el deseo de amar más al Señor, sino para alimentar su ego, impresionar a los demás, o buscar emociones espirituales pasajeras. Se trata de un conocimiento que no transforma el corazón ni lleva a la conversión.
La gula espiritual puede llevar también a la superficialidad, al escrúpulo o al fanatismo, a una constante insatisfacción que impide crecer verdaderamente en la vida interior. En vez de saborear a Dios en la oración sencilla, en la Palabra, en los sacramentos, la persona busca nuevas sensaciones, experiencias más fuertes, carismas extraordinarios… olvidando que Dios se manifiesta, sobre todo, en la humildad, el silencio y la obediencia.
San Juan de la Cruz advirtió contra este deseo desordenado de “gustos espirituales”, que puede convertirse en un obstáculo para la unión con Dios. Santa Teresa de Ávila también alertaba sobre quienes buscan más los consuelos del Señor que al Señor de los consuelos.
Un ejemplo claro de esta distorsión espiritual es cuando alguien, al leer la Biblia, busca solo pasajes que le den consuelo o le confirmen lo que ya piensa, ignorando el llamado a la conversión. O cuando se asiste a retiros o actividades buscando a tal o cual predicador o carisma, en lugar de ir con el corazón dispuesto a recibir lo que Dios quiera dar.
La gula espiritual está emparentada con el consumismo espiritual, propio de una cultura que busca siempre lo nuevo, lo llamativo, lo que satisface de inmediato, pero no permanece. Es como aquel joven que cambia de celular cada vez que aparece uno nuevo, no porque lo necesite, sino porque nada logra llenarlo. De igual forma, hay cristianos que cambian de comunidad, de movimiento, de devociones constantemente, sin comprometerse con profundidad en ninguno.
Esta actitud puede desembocar en pereza espiritual, que es el desánimo o desgano hacia lo que verdaderamente santifica: la oración constante, la mortificación, la fidelidad a los sacramentos, el estudio serio del Catecismo y la vida virtuosa. El que vive de impresiones se cansa pronto, porque busca llenar un vacío con cosas externas, sin dejar que Dios transforme el corazón.
Frente a esto, la Iglesia nos invita a cultivar las virtudes contrarias: la templanza, que modera nuestros deseos y nos ordena hacia el bien; la humildad, que reconoce nuestra pequeñez ante Dios; la obediencia, que nos hace dóciles a su voluntad; y la sabiduría, que es un don del Espíritu Santo para gustar verdaderamente las cosas de Dios.
Queridos hermanos, pidamos al Señor la gracia de examinar nuestro corazón con sinceridad. Que Él nos libre de toda gula espiritual, de toda búsqueda interesada o superficial de lo sagrado. Que nos conceda amarle con pureza de intención, buscarle con hambre de santidad, y servirle con alegría y perseverancia.
Si alguno desea profundizar más en estos temas, les recomiendo el libro “De las virtudes y los vicios” de Concepción Cabrera de Armida, una laica mística aprobada por la Iglesia. Allí encontrarán enseñanzas profundas, bien fundamentadas en la fe católica, que pueden ayudar mucho en nuestro camino de conversión.
Que el Señor nos conceda un corazón pobre y hambriento solo de Él. Y que la Virgen María, modelo de humildad y obediencia, nos acompañe siempre en este camino hacia la santidad. Amén.
Comentarios
Publicar un comentario