Qué quiso decir Jesús cuando prometió una vida abundante?
En Juan 10,10, Jesús declara: «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». A diferencia del ladrón —que representa al demonio, al pecado y a las falsas promesas del mundo—, Jesús viene a darnos la vida verdadera, esa vida plena que brota de la comunión con Dios.
La vida abundante que Cristo promete no se reduce a una existencia larga o llena de bienes materiales. La tradición católica enseña que esta vida abundante es, ante todo, participación en la vida divina: es la gracia santificante que recibimos en el Bautismo, que nos hace hijos de Dios, miembros de la Iglesia, herederos del cielo (Catecismo de la Iglesia Católica, 1997–1999). Es una vida llena de sentido, que nos configura con Cristo, nos introduce en la comunidad de los redimidos y nos conduce hacia la plenitud en el Reino.
La palabra griega perisson («abundante») significa algo que sobrepasa lo esperado, que desborda. Y ciertamente, como enseña san Pablo: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que lo aman» (1 Corintios 2,9). Esta sobreabundancia no se mide en posesiones ni éxitos mundanos, sino en frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, bondad, mansedumbre, dominio propio (Gálatas 5,22–23).
Jesús mismo nos advierte contra el peligro de identificar la vida con las riquezas: «No acumulen tesoros en la tierra» (Mateo 6,19), «la vida del hombre no depende de la abundancia de sus bienes» (Lucas 12,15). Él eligió para sí una vida pobre, sencilla, obediente, confiada en la Providencia (Mateo 8,20), y nos llama a seguirlo por ese mismo camino. La vida abundante no significa ausencia de sufrimiento ni seguridad material, sino unión con Dios en medio de cualquier circunstancia, confiando siempre en su amor (Filipenses 4,11–13).
El Catecismo nos recuerda que la vida eterna —que empieza ya aquí, aunque se perfeccionará en la gloria— consiste en «conocer al único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Él ha enviado» (Juan 17,3; CIC 1024). No es solo cuestión de tiempo, sino de comunión personal y amorosa, una relación viva que transforma toda nuestra existencia.
Finalmente, la vida abundante es siempre dinámica: crecer «en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo» (2 Pedro 3,18), avanzar en la santidad, madurar en la fe, perseverar a pesar de nuestras caídas, hasta que lleguemos a verlo «cara a cara» (1 Corintios 13,12). En esta peregrinación, sostenidos por los sacramentos, la oración, la Palabra de Dios y la comunidad eclesial, vamos caminando hacia la plenitud prometida.
Así, como enseña san Pablo: «Busquen las cosas de arriba, donde está Cristo» (Colosenses 3,1). El verdadero tesoro no está en lo pasajero, sino en lo eterno. La vida abundante es, en definitiva, la participación anticipada de la gloria de Dios, ya desde ahora, y plenamente en la vida eterna.
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