Qué puedo hacer cuando estoy bajo un ataque espiritual?
Cuando creemos estar bajo un ataque espiritual, lo primero que debemos hacer es discernir si realmente se trata de una acción extraordinaria del demonio, o si estamos sufriendo las consecuencias del pecado, propias de nuestra fragilidad humana en un mundo herido. No todo sufrimiento o dificultad proviene de una acción demoníaca directa (cf. CIC 407), y debemos evitar caer en una visión reduccionista que atribuye al demonio cada pecado o contratiempo. San Pablo nos recuerda que nuestra lucha es triple: contra el mundo, la carne y el demonio (cf. Ef 6,10-18; Rm 7,23-25).
Ya sea que estemos ante una tentación ordinaria o una opresión espiritual más fuerte, el camino es el mismo: permanecer firmes en Cristo, revestidos con la gracia de Dios y su armadura espiritual, como lo describe san Pablo en Efesios 6. Es Dios quien nos fortalece; no vencemos con nuestras fuerzas, sino con su gracia (cf. 2 Co 12,9).
San Pablo nos exhorta: “Revístanse de la armadura de Dios” (Ef 6,11). Esta armadura incluye: la verdad, que es Cristo mismo (cf. Jn 14,6); la justicia, es decir, la vida según Dios (cf. Ef 4,24); el Evangelio de la paz, que debemos anunciar con nuestro testimonio; la fe, como escudo ante las tentaciones; la salvación, como certeza de la victoria final; y la Palabra de Dios, la espada del Espíritu. A todo esto, san Pablo añade la oración perseverante “en todo tiempo en el Espíritu” (Ef 6,18), que sostiene el combate.
En la vida espiritual, el arma más poderosa es la oración, especialmente la oración litúrgica, los sacramentos —en particular la Eucaristía y la Confesión— y el uso de sacramentales como el agua bendita, el crucifijo, el rosario, y otros signos que la Iglesia nos ofrece para fortalecernos.
Jesús mismo nos enseña cómo resistir las tentaciones. En el desierto (Mt 4,1-11), responde al tentador con las Escrituras. “Está escrito”, dice una y otra vez. Cristo nos muestra que la Palabra de Dios es viva y eficaz (Hb 4,12), y debe estar en nuestro corazón y en nuestros labios.
Un ejemplo de lo que no debemos hacer lo encontramos en los Hechos de los Apóstoles: los siete hijos de Esceva intentaron expulsar demonios sin tener una verdadera relación con Cristo (Hch 19,13-16). Usaban el nombre de Jesús como una fórmula mágica, y el resultado fue desastroso. La autoridad espiritual no se improvisa: nace de la comunión con Cristo y con su Iglesia, y se ejerce bajo obediencia y discernimiento. El Catecismo enseña que el poder de expulsar demonios está reservado, ordinariamente, a los exorcistas nombrados por el obispo (cf. CIC 1673).
Como católicos, estamos llamados a vivir en estado de gracia, confesándonos regularmente, alimentándonos con la Eucaristía, orando cada día —en especial con el Santo Rosario— y manteniéndonos firmes en la fe. Así, podremos resistir las insidias del maligno.
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