Qué dice la Biblia y la Iglesia respecto a vencer la concupiscencia?

 En la tradición católica, la concupiscencia se entiende como la inclinación al pecado que permanece en nosotros incluso después del bautismo. El Catecismo de la Iglesia Católica en el (numeral 405), nos enseña que el pecado original dejó al hombre herido, debilitado en su naturaleza, sujeto a la ignorancia, al sufrimiento, a la muerte y, sobre todo, inclinado al pecado. Esta inclinación no es pecado en sí misma, pero nos pone en constante lucha espiritual.

La palabra "concupiscencia" proviene del latín concupiscentia, que significa deseo vehemente. En sí, el deseo no es malo: Dios creó el corazón humano capaz de desear con fuerza lo bueno, lo verdadero y lo bello, sobre todo a Él mismo (Salmo 42, 2-3; Salmo 73, 25). Sin embargo, por el desorden introducido por el pecado original, nuestros deseos tienden a desviarse hacia lo que Dios ha prohibido, sea en el ámbito sexual, material o de poder.
Santiago 1, 14-15 describe esta dinámica con claridad:
“Cada uno es tentado por su propia concupiscencia, que lo arrastra y seduce; después, la concupiscencia concibe y da a luz el pecado, y el pecado, cuando llega a su madurez, engendra la muerte”.
La tentación no es pecado. Jesús mismo fue tentado en el desierto (Mateo 4, 1-11), pero nunca pecó. El pecado comienza cuando, en lugar de rechazar el mal, lo consentimos en el corazón. Como decía San Francisco de Sales: “Podemos rechazar a las tentaciones al primer asalto, pero si jugamos con ellas, pronto nos atraparán”.
Cuando surgen los malos deseos, podemos actuar como José frente a la esposa de Potifar: huir rápidamente (Génesis 39, 11-12), o como Sansón, quien cayó por no resistir sus pasiones (Jueces 16, 1-21).
San Pablo nos exhorta:
“Revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos desordenados de la carne” (Romanos 13, 14). “Huyan de las pasiones de la juventud” (2da carta a Timoteo 2, 22).
¿Cómo vencemos la concupiscencia?
Por la gracia de Dios. No podemos vencer solos. Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo, recibida en los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación.
Vigilancia interior. Jesús nos manda: “Vigilen y oren para no caer en tentación” (Mateo 26, 41). Aquí entra el examen diario de conciencia.
Custodia de los sentidos. San Agustín enseñaba que lo que dejamos entrar por los ojos y oídos llega al corazón. Debemos evitar situaciones que nos expongan innecesariamente al pecado.
Formación moral. Conocer bien la doctrina de la Iglesia nos ayuda a reconocer el pecado y evitarlo. El Catecismo en sus (numerales del 1803 al 1832), explica cómo cultivar las virtudes, que son hábitos buenos que fortalecen nuestra voluntad contra las malas inclinaciones.
Oración continua. Podemos rezar diariamente el Salmo 19, 15 (19, 14 en otras traducciones): “Sean gratas las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Señor, roca mía y redentor mío”.
San Pablo nos recuerda:
“Llevamos cautivo todo pensamiento para que obedezca a Cristo” (2da carta a los Corintios 10, 5).
Conclusión: La lucha contra la concupiscencia es parte esencial del combate espiritual del cristiano. No es una batalla desesperada, sino confiada en la gracia. Cuando el deseo más profundo de nuestro corazón es agradar a Dios, Él nos fortalece para resistir, levantarnos si caemos, y crecer en santidad.
Como enseña San Juan Pablo II: “La castidad no significa represión, sino la liberación del corazón del hombre para amar con sinceridad y plenitud”.

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