Qué cosas en este mundo tienen un valor eterno verdadero?**

 


Desde la luz de la fe cristiana, entendemos que solo aquello que está unido a Dios tiene un valor eterno. La vida terrena es pasajera (cf. 1 Cor 7,31), y todo lo que permanece más allá de la muerte tiene sentido únicamente en relación con la vida eterna. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1024), el verdadero fin del hombre es estar con Dios en el cielo: “vivir con Él, en Él y para Él”.

El valor eterno más grande que podemos tener en este mundo es vivir en gracia de Dios y en comunión con Jesucristo, pues solo en Él está la salvación (cf. Hch 4,12). Jesús mismo nos dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Dios ofrece la salvación a todos los hombres, y cada persona está llamada a responder libremente a ese don por medio de la fe activa y la caridad (cf. CIC 161).

La existencia humana está orientada a la eternidad: “Irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mt 25,46). El infierno, como el cielo, es una realidad enseñada por Cristo y ratificada por la Iglesia (cf. CIC 1033-1037). No todos los caminos conducen al cielo; se requiere acoger la gracia y vivir según la voluntad de Dios, no basta solo una fe intelectual o declarativa.

Respecto a los bienes materiales, Jesús nos enseñó claramente: “No acumulen tesoros en la tierra… acumulaos más bien tesoros en el cielo” (Mt 6,19-20). San Pablo también recuerda: “Nada trajimos al mundo y nada podremos llevarnos” (1 Tim 6,7). La Escritura no condena los bienes materiales en sí, sino el apego desordenado a ellos, cuando se busca el bienestar terreno olvidando al Creador.

Moisés ya advertía al pueblo de Israel: “No olvides al Señor, tu Dios” (Dt 8,11-14), y esa advertencia sigue vigente. Muchas veces, el éxito mundano y la comodidad nos hacen olvidar el llamado a la santidad. Vivir solo para uno mismo, buscando “tener más”, es contrario a la lógica del Evangelio, que es el don de sí por amor a Dios y al prójimo.

Sin embargo, nuestras obras en la tierra sí tienen un valor eterno si están hechas en la gracia de Dios. La Iglesia enseña que, aunque la salvación es un don gratuito (cf. Ef 2,8-9), seremos juzgados por nuestras obras (cf. Mt 16,27; Rm 2,6-7). No somos salvos por nuestras obras, pero sí seremos recompensados según ellas, siempre que procedan de la fe y del amor.

Como dice san Pablo, “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para realizar buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos” (Ef 2,10). Estas buenas obras son expresión de nuestra cooperación con la gracia, y por eso tienen mérito ante Dios (cf. CIC 2008-2011).

En 1 Corintios 3,11-15, el apóstol utiliza la imagen del constructor que edifica sobre el único fundamento, que es Cristo. Las obras que sobreviven a la prueba del fuego simbolizan aquellas que han sido hechas con fe, esperanza y caridad: “oro, plata y piedras preciosas”. Las demás, realizadas sin amor o con intención desordenada, se perderán.

Todos los bautizados han recibido dones espirituales para edificar el Cuerpo de Cristo (cf. 1 Cor 12,7). No hay miembro inútil en la Iglesia, porque Dios dispone los carismas como quiere para el bien común. San Pablo enseña que incluso los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. 1 Cor 12,22). Cada quien tiene una vocación específica y una misión única dentro del pueblo de Dios.

Dios actúa a través de nosotros. Cristo sigue sirviendo, sanando, amando a través de su Iglesia, de nuestras manos, palabras y acciones. Como decía santa Teresa de Ávila: “Cristo no tiene ahora otro cuerpo que el tuyo”. Cuando obedecemos sus mandamientos, mostramos misericordia, consolamos a los que sufren, y evangelizamos con obras y palabras, entonces sí estamos edificando con “oro, plata y piedras preciosas”.

La verdadera vida cristiana consiste en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, viviendo en gracia, en comunión con la Iglesia y cumpliendo con nuestra vocación. Todo lo que hacemos por amor a Dios y al prójimo tiene un valor eterno. Nada se pierde si es hecho en el amor de Cristo.

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