La alabanza
Es esencial que confesemos en lo íntimo de nuestro corazón, pero también ante el mundo, que Dios es grande, bueno, poderoso y bello; que Él es la fuente de todo bien. Por eso, un hombre que no alaba a Dios se asemeja a un árbol que no da frutos, a un pájaro que no canta o a un hombre mudo sin palabras.
El espíritu de alabanza y acción de gracias es una inmensa alegría que anima el corazón de quien tiene fe. Esta alegría debe expresarse en oración, en un canto victorioso y en la asombrosa maravilla de reconocer: "Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Salmo 8:1).
¿Puede haber algo más inteligente que la oración de alabanza? En el mundo, no existe una alegría más pura e intensa que la que se expresa en un salmo de alabanza. "¡Alegraos, justos, con el Señor! Celebrad su santo nombre" (Salmo 96:12).
No debemos limitarnos a pedirle a Dios; también debemos alabarle y darle gracias por todo. Como se dice en la misa: "Por su inmensa gloria".
Sin embargo, para que la alabanza surja del corazón creyente, es preciso mirar a Dios y contemplar su ser y sus obras. Donde no hay fuerza de alabanza, es porque no se está mirando a Dios lo suficiente. Y donde solo hay petición, es porque la relación religiosa entre Dios y el hombre se ha centrado demasiado en el hombre.

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