DESOLACION ESPIRITUAL
La desolación espiritual: una oportunidad para crecer en la fe
La desolación espiritual es un estado de profunda tristeza interior, vacío, inquietud y sensación de abandono. Es como si faltara algo esencial en el alma: consuelo, dirección, o la cercanía palpable de Dios. En esos momentos, la oración se vuelve árida, y el corazón experimenta oscuridad, turbación o incluso desesperanza.
San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, describe la desolación como el estado en que el alma “se encuentra en oscuridad, turbada, movida a cosas bajas y terrenas, inquieta por varias agitaciones y tentaciones” (Ejercicios Espirituales, n. 317). Pero también enseña que Dios nunca abandona el alma, aunque permita la desolación como una pedagogía divina que purifica, fortalece y profundiza la fe.
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que en la oración, “incluso la sequedad forma parte de la oración contemplativa en la que el corazón se siente desprovisto de gusto por pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento de la fe pura que permanece fielmente con Jesús en su agonía y en su sepulcro” (CIC 2731).
Pasar por la desolación espiritual no es fácil. Sin embargo, es una oportunidad de crecer en confianza y abandono en Dios. Aquí algunos consejos desde la espiritualidad ignaciana y el discernimiento cristiano:
1. No tomes decisiones importantes
En tiempos de desolación, la claridad se nubla. San Ignacio enseña a no cambiar las decisiones tomadas en tiempos de consolación, sino resistir y esperar hasta que vuelva la luz. Dios está obrando, aunque no lo percibas.
2. Persevera en la oración
Aunque la oración parezca vacía, continúa orando. La fidelidad es una forma de amar a Dios más allá de los sentimientos. Repite con fe:
“Señor, no te siento, pero confío en Ti”.
Esto agrada profundamente a Dios, porque es una fe que no se apoya en lo sensible, sino en la voluntad de amar y creer.
3. Refúgiate en la Palabra de Dios
Especialmente en los Salmos, la oración inspirada por el Espíritu Santo. El Salmo 42 (“¿Por qué te abates, alma mía?”) o el Salmo 13 (“¿Hasta cuándo, Señor?”) te ayudarán a rezar desde tu herida, reconociendo que muchos santos pasaron por lo mismo.
4. Recuerda que la desolación no es eterna
“Dios no permite una prueba mayor de la que puedas soportar” (cf. 1 Cor 10,13). Vendrán tiempos de consuelo. Como enseña Santa Teresa de Ávila, “la paciencia todo lo alcanza”. La fe verdadera se manifiesta cuando sigues caminando aun sin sentir.
5. Busca acompañamiento espiritual
La Iglesia recomienda que en estos momentos se busque guía de un sacerdote o director espiritual. El demonio actúa con más fuerza cuando el alma está sola y vulnerable, por eso la comunidad y el acompañamiento son una ayuda de la gracia.
6. Ofrécelo como acto de amor
Un alma que sufre y se entrega a Dios sin consuelos, ofrece un sacrificio de alabanza (cf. Salmo 50,14). Puedes decir:
“Señor, no entiendo este silencio, pero te lo ofrezco. Que este desierto me acerque más a Ti.”
Esta es una de las formas más puras de caridad: amar sin recibir nada a cambio.
Oración en la desolación
Señor, hoy mi alma se siente vacía. Te busco y no te encuentro, te llamo y solo escucho silencio. Mi corazón está abatido, y aunque quiero llorar, las lágrimas no salen.
Pero aun en esta oscuridad, me aferro a Ti, porque sé que no me has abandonado. Aunque no te sienta, estás aquí, sosteniéndome incluso en este silencio.
Dame la gracia de seguir confiando, de esperar en Ti sin desesperar, de creer en tu amor aunque mi alma esté seca y desolada.
Señor, en este valle de sombra, enséñame a caminar por fe y no por sentimientos. Tarde o temprano volveré a sentir tu luz, pero hasta entonces, te entrego este desierto como un acto de amor.
Amén.
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