Cristianos falsos?
Un cristiano es, en sentido pleno, quien ha sido incorporado a Cristo por el sacramento del Bautismo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica [CIC] 1213), ha acogido la fe en Jesucristo como el Hijo de Dios y Salvador, y vive en comunión con la Iglesia. En él habita el Espíritu Santo, recibido en el Bautismo y confirmado en la Confirmación (cf. CIC 1265-1270), y participa de la vida nueva en Cristo (cf. Romanos 6,4).
La Sagrada Escritura nos enseña que "si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo" (Romanos 8,9). Pero no nos corresponde a nosotros juzgar el corazón de las personas, sino discernir los frutos (cf. Mateo 7,16-20). Por tanto, aunque popularmente se diga "falso cristiano", en realidad se trata de una expresión imprecisa. Más correcto es hablar de bautizados que no viven conforme a la gracia que han recibido, o que han abandonado la fe, aunque conserven externamente el nombre de cristianos.Muchos se preguntan por qué ciertos bautizados no manifiestan en su vida la caridad, la fe viva o las obras propias de un discípulo de Cristo. A veces, esto se debe a una catequesis deficiente o a la falta de acompañamiento espiritual (cf. CIC 2037). Otras veces, a una comprensión reducida de la fe, donde se piensa que bastan actos externos —como una oración, una asistencia ocasional a misa, o haber recibido un sacramento sin fe ni conversión— para ser salvos. Pero la fe, si no va acompañada de las obras, está muerta (Santiago 2,17).
El verdadero cristiano se reconoce por su conversión continua, su deseo de vivir en gracia, su amor a Dios y al prójimo (cf. Juan 13,35; CIC 1814-1816). San Pablo afirma: “Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura” (2 Corintios 5,17). La gracia transforma al creyente desde dentro, aunque este siga siendo frágil y pueda caer. Pero si cae, no justifica su pecado, sino que busca el perdón en el sacramento de la Reconciliación (cf. 1 Juan 1,8-9; CIC 1422-1424).
Es cierto que hay quienes viven en pecado habitual o incluso promueven el mal, y sin embargo se consideran cristianos. El Señor advierte: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos” (Mateo 7,21). Por eso, San Pablo exhorta: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe” (2 Corintios 13,5). La fe auténtica se expresa en una vida de obediencia, humildad y crecimiento espiritual (cf. CIC 1989-1995).
Con todo, debemos evitar caer en el juicio temerario. Sólo Dios conoce el corazón (cf. 1 Samuel 16,7), y en su misericordia llama siempre a la conversión. La Iglesia, madre y maestra, no rechaza a quien se aleja, sino que lo llama incansablemente a regresar (cf. CIC 1847-1848).
A medida que los cristianos maduran en su fe, manifiestan cada vez más frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, fidelidad… (cf. Gálatas 5,22-23). Y aunque nunca serán perfectos en esta vida, se esfuerzan por vivir de manera coherente, sabiendo que han sido liberados del pecado y llamados a la santidad (cf. 1 Pedro 1,15-16; Romanos 6,22).
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