Los Fariseos
Hay gente, que, fuera de sus ideas y de sus libros, no ven nada de lo que habría que ver. Así son estos fariseos, muy preocupados de la Ley de Dios. No ven los frutos de la predicación de Jesús, no ven el cambio de los hombres que se hacen mejores, no ven las curaciones. No se dará a esta gente ninguna señal: Jesús respeta nuestra libertad y no quiere imponerse por la fuerza de sus milagros.
A lo largo del Evangelio, Jesús se enfrenta con los fariseos. Estos constituían una asociación respetada y pudiente, y su grupo era el que más aparentaba en la religión judía. Sin embargo, se opusieron a Jesús en forma muy reñida; ¿si él viniera hoy a nuestro mundo, no chocaría del mismo modo con muchos de los que más pretenden servir la religión?
Jesús dice: Desconfien de la levadura de los fariseos, y el evangelio de Mateo aclara que, al hablar de levadura, se refería a las enseñanzas de los fariseos (Mt 16,12). Pues Jesús temía que los apóstoles, siendo gente sencilla, se dejaran impresionar por el prestigio y los conocimientos de los fariseos, sin advertir que construían la religión sobre una base mala,
Los fariseos tenían una manera de ser religiosos que ha existido siempre y que sigue existiendo. Una persona seria se da cuenta que el servicio de Dios es la cosa más importante del mundo; esta persona goza una buena situación o recibió una buena educación y decide trabajar por Dios, en especial guiando a los demás, menos capaces, ignorantes y pecadores. El fariseo está dispuesto a servir a Dios, pero éste, en cambio, debe reconocer sus méritos y premiarlo, No quiere deberle nada a Dios y se cuida de no caer en el pecado porque no le gusta necesitar de su perdón.
Es ahí precisamente donde empieza el camino equivocado. Pues para todos, incluso los ricos y bien educados, la única manera de encontrar a Dios es descubriendo nuestra propia miseria. Entonces experimentamos la misericordia de Dios y, a raiz de este perdón, empezamos a amarlo de corazón, humildemente, sintiéndonos hermanos de los más pobres.
Los fariseos conocen todo, menos el verdadero rostro de Dios y la alegría del perdón, y lo más grave es que no pueden saber que les falta. Siempre tienen justificaciones para no reconocer la obra de Dios entre los pobres, y si reconocen algo, siempre lo miran desde arriba, con superioridad.
El fariseo evita el trato sencillo con los demás, por miedo a que descruban sus sentimientos. Se da cuenta que tiene las mismas debilidades que los demás, a pesar de que es muy practicante, pero no tiene el medio de superarlas, porque no sabe pedir humildemente a Dios su ayuda. No le queda, pues, otro recurso que salvar las apariencias con una conducta exterior irreprochable, y llega a ser un hipócrita.
Cuídense de la levadura de los fariseos, tanto como de la de Herodes, dice Jesús.
Bendiciones.

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