La Religion Comoda
LA RELIGIÓN CÓMODA.
Dícese que es más cómodo ser protestante que católico, lo cual es cierto; así como es más fácil ceder a las pasiones, que contenerlas. Pero cuando se trata de religión no está la cuestión en saber cuál es la más cómoda, sino cuál es la verdadera y cuál es la que conduce al hombre a Dios.
Un pastor protestante había logrado atraer a su secta a una buena mujer, la cual se había dejado seducir por las afirmaciones de aquel pretendido ministro del Evangelio. Aquella mujer frecuentaba bastante el templo protestante, echaba su sueño los domingos durante la prédica, cuidaba mucho la gruesa Biblia que le habían dado, procurando no abrirla, por no echarla a perder; y en una palabra, estaba hecha una protestante excelente. Su fervor llegaba hasta hacerse apuntar en el registro de la famosa sociedad del Sueldo protestante, y en dos o tres sociedades bíblicas.
Algunos años pasó aquella mujer practicando esa piedad fácil, aplaudiéndose ella más cada día de vivir tan dulcemente, según lo que el ministro protestante llamaba el puro Evangelio, desembarazada de la obligación de ir a confesarse en las grandes fiestas, de comulgar por lo menos en la pascua, de comer de viernes algunos días y, de obedecer al padre cura. En medio de estos goces evangélicos, que el pastor y una piadosa diaconisa protestante mantenían con celo, por medio de regalitos de opúsculos; aquella pobre criatura, vio un día entrar por sus puertas una visita: era la enfermedad. Inmediatamente envían los protestantes un lector para repasarle los salmos y otros trozos de la Biblia, de los cuales la enferma no comprendía una palabra; bien que, justo es decirlo, al lector le sucedía otro tanto. El mal empeoró muy pronto, de modo que el médico dijo ciertas expresiones, de las cuales dedujo la enferma que no podía estar muy segura. En presencia de la muerte, pensando en el juicio de Dios, la pobre mujer se conmovió y entró en sí misma. Entonces, alumbrada por aquella luz que no engaña, conoció que se había extraviado, abandonando la verdadera fe; y rogó a una de sus vecinas que al instante fuese a buscar al cura católico de la Parroquia, el cual era un digno eclesiástico a quien ella conocía y que se había afligido mucho al verla desertar de la comunión católica. Encontrándola el cura hecha un mar de lágrimas, la consoló como mejor pudo; y aunque tuvo que hacerle ver toda la enormidad de su falta, la recordó que la misericordia de Dios es infinita. Después de haber oído la confesión de sus pecados, la reconcilió con Nuestro Señor Jesucristo. Le llevó el Sagrado Viático, ese Santísimo y adorabilísimo misterio, en el que el mismo Jesucristo se esconde para bajar hasta nosotros y fortificarnos en el término de nuestra carrera mortal; y la administró también la Extrema-Unción, ese sacramento consolador del cual le habían enseñado a burlarse los protestantes, pero cuya importancia y eficacia ella comprendía en aquel trance. Puesta en paz con Dios y consigo misma, la pobre mujer era feliz; y veía ya, sin alarma, acercarse el momento de su entrada en la eternidad.
En la tarde del mismo día se presentó en su casa el pastor protestante, pues acababa de saber la visita que le había hecho el cura católico y no podía creer aquello que él llamaba “una defección vergonzosa, un escándalo para el puro Evangelio; y una vuelta a las supersticiones de Babilonia.” En realidad, lo que más le mortificaba, era lo que se había de hablar en el vecindario y las consecuencias que sin duda se sacarían contra el puro Evangelio; y para el amor propio del Señor pastor. Apostrofó, pues, vivamente a la pobre enferma recordándole el valor con que algún tiempo antes había rechazado todas aquellas creencias y errores, a los cuales jamás debía volver. “¡Ah Señor, respondió la buena mujer, todo eso era bueno para cuando yo estaba sana; porque vuestra religión es muy cómoda para vivir, pero es el diablo para morir.”
Esto lo dijo la buena mujer sin sospechar siquiera que con esta sencilla palabra, acababa de tocar con el dedo la falsedad del protestantismo.
Para que una religión sea la religión verdadera, la religión qué conduce al cielo, no basta que sea cómoda y eche a un lado todo lo que mortifica en el servicio de Dios. El protestantismo es cómodo para vivir y justamente esta es una razón para que sea temible morir en él. El protestantismo es cómodo, luego es falso, luego no es la religión de aquel que dijo: “¡Cuán estrecha es la puerta y cuán penoso el camino que lleva a la vida eterna! ¡Esforzaos por tomar este camino y entrar por aquella puerta!”
El protestantismo, este pretendido cristianismo, sin sumisión a la fe, sin obediencia a la autoridad de la Iglesia, sin confesión, sin Eucaristía, sin sacrificio, sin penitencia y sin prácticas obligatorias; está condenado ciertamente por el Evangelio, cuyo nombre usurpa. El mismo Jesucristo le reprobó, cuando el Divino Maestro pronunciaba estas palabras: “¡Cuán ancho y cómodo es el camino que conduce a la perdición.”
24. LA PIEDRA DE TOQUE
Hay un medio muy fácil de descubrir la verdadera Iglesia, entre todas las que pretenden este título.
Nuestro Señor Jesucristo declaró terminantemente, que sus discípulos serían aborrecidos por los malvados, como el mismo lo había sido antes que ellos. “No es superior el discípulo a su maestro: si el mundo os aborrece, acordaos que primero me aborreció a mí.” Ahora bien, desde los tiempos apostólicos, como lo atestigua la historia, los esfuerzos y los odios de los impíos, constantemente se han dirigido contra la Iglesia católica. Los judíos, los paganos, los turcos, los malos de todos los siglos y en nuestros días todos los revolucionarios, han escogido y todavía escogen por blanco de sus tiros, a la Iglesia católica y sola a la Iglesia católica. Los facinerosos de la revolución francesa se lanzaron contra ella encarcelando y matando a sus Obispos y sacerdotes, mientras, que dejaban muy tranquilos a los rabinos judíos y a los ministros protestantes. Leed los escritos incendiarios de nuestros revolucionarios modernos. La Iglesia católica es la única que excita sus furores. Ellos no solamente no se levantan contra el protestantismo, sino que lo proclaman como favorable a sus miras anticristianas.
La unión de todos los impíos contra la Iglesia católica solamente bastaría para verificar la profecía de Nuestro Señor, pero las sectas heréticas y especialmente las protestantes, se han encargado de completar esta prueba. Separadas entre sí para todo lo demás, divididas en creencias e intereses, y anatematizándose las unas a las otras, ellas se ponen en un maravilloso acuerdo, cuando se trata de injuriar y atacar a la antigua Iglesia de San Pedro. En presencia de esta enemiga sus bocas prorrumpen en blasfemias unísonas, como si fuesen una sola boca.
Herodes y Pilatos eran enemigos mortales entre sí hasta que se unieron contra Nuestro Señor Jesucristo. La herejía y la impiedad separadas por otros muchos títulos se unen como Pilatos y Herodes para ultrajar, azotar y destruir a la Santa Iglesia católica. Pero esta Iglesia católica, apostólica y romana, si bien debe sufrir su pasión como la sufrió el Salvador, para completar la de su Divina Cabeza, también tiene a su favor las promesas de vida eterna. Siempre odiada, blasfemada siempre, ella siempre vive y vivirá siempre, porque Jesús está con ella hasta el fin del mundo, siendo ella la única a quien se ha dicho: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ti.”
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